La informalidad en el sector farmacéutico es un riesgo. Y es que cuando se trata de la salud, la confianza no se construye solo con medicamentos seguros, sino con prácticas transparentes. Cuando las irregularidades se ignoran o no se comunican, las consecuencias pueden ir mucho más allá de una pérdida económica. La denuncia es, en realidad, una herramienta de salud pública: permite detectar fallas, prevenir delitos sanitarios y garantizar que los medicamentos que llegan a los pacientes sean auténticos y seguros.
Sin embargo, muchas veces la cultura del silencio o el temor a represalias impiden que las irregularidades se reporten. En el sector farmacéutico, no denunciar actos de corrupción, falsificación o incumplimiento normativo puede abrir la puerta a problemas graves: desde productos adulterados hasta daños irreversibles en la reputación de las empresas y la seguridad de los pacientes.
La importancia de la denuncia como parte del control sanitario
De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en su informe “Substandard and falsified medical products in the Americas: situation and policy responses” (2023), los productos médicos falsificados o de calidad inferior generan pérdidas estimadas en más de 30 mil millones de dólares al año en la región, y afectan directamente la salud de millones de personas.
La OPS enfatiza que los mecanismos de denuncia son una pieza clave para detener la circulación de estos productos, ya que permiten a las autoridades sanitarias actuar con rapidez frente a cualquier indicio de irregularidad.
Cuando un ciudadano, trabajador o empresa formal presenta una denuncia, no está generando conflicto: está protegiendo vidas. En el Perú, la Dirección General de Medicamentos, Insumos y Drogas (DIGEMID) del Ministerio de Salud cuenta con canales oficiales para reportar cualquier infracción o sospecha de actividad ilegal en la venta o distribución de medicamentos.
El costo de la pasividad frente a la informalidad en el sector farmacéutico
La falta de acción ante prácticas informales tiene un precio alto. Cada vez que una empresa o colaborador opta por no presentar una denuncia, contribuye, sin quererlo, al debilitamiento del sistema.
La informalidad en el sector farmacéutico permite la entrada de medicamentos sin control sanitario, el uso de productos vencidos y la evasión de impuestos, afectando tanto al Estado como a los consumidores. Además, tolerar la falta de cumplimiento normativo puede derivar en sanciones o pérdida de licencias para las compañías formales que no tomen medidas preventivas.
Según el estudio “Illicit Trade in Pharmaceuticals” publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2020), los medicamentos falsificados representan cerca del 2 % del comercio farmacéutico mundial y afectan de manera desproporcionada a los países en desarrollo, donde los canales de control son más débiles. Este dato revela que la inacción o el miedo a la denuncia amplifican los riesgos de la informalidad en el sector farmacéutico.
La denuncia como parte de la cultura ética empresarial
En las empresas farmacéuticas modernas, los canales internos de denuncia ya no se perciben como mecanismos punitivos, sino como instrumentos de mejora continua. Los programas de compliance y ética corporativa promueven la transparencia y protegen tanto a los denunciantes como a las organizaciones que actúan de buena fe.
Cuando un colaborador tiene la confianza de reportar una mala práctica sin temor, se fortalece la cultura de integridad y se previenen daños reputacionales y regulatorios.
Además, la tecnología ha hecho que los procesos de denuncia sean más accesibles y seguros. Plataformas digitales anónimas, auditorías automatizadas y trazabilidad documental permiten que las compañías gestionen los reportes de manera más eficiente y confidencial.
Denunciar no es sinónimo de confrontar, sino de cuidar. En el sector farmacéutico, donde la seguridad y la vida de las personas están en juego, cada denuncia es un paso hacia la transparencia, la calidad y la protección del paciente.
La salud pública no solo se defiende en los laboratorios o las farmacias, sino también en la valentía de quienes deciden no mirar a otro lado.
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